Crecí en un pueblo del occidente de Asturias, en los años 80, en un pueblo rodeado de montañas y bosques, donde la vida me dejaba ser completamente libre. No había prisa, Mi infancia transcurrió entre la naturaleza y las rutinas de la vida en rural, donde cada día para mi era una aventura nueva. Pasaba las tardes construyendo cabañas en el monte. Buscaba ramas, hojas, cualquier cosa que encontrara, y creaba mi propio refugio en medio de los árboles. Allí me sentía dueña del mundo, una exploradora incansable, sin que nadie me cuando y dónde parar.
Saltar en el pajar de mi abuela era como volar por unos segundos, con la risa resonando en mis oídos mientras el polvo flotaba a mi alrededor. Y luego, cuando el calor apretaba, no había mejor plan que bañarme en el río Navia o alguno de sus numerosos afluentes. Podía perderme durante horas por las montañas, trepando rocas, corriendo entre los senderos, siguiendo el curso de los regueiros como si fueran mi brújula.
No había miedo, solo la sensación de libertad. Mi madre sabía que siempre volvería, cuando el sol comenzara a caer y los grillos empezaran su concierto al atardecer. Mis abuelos me enseñaron lo que era el esfuerzo y disciplina pero también el amor por la tierra. Era feliz siguiendo sus pasos, entre el olor de la hierba recién cortada y el sonido de las vacas al ser ordeñadas.
Con mis padres, en su restaurante, el ambiente era otro, pero igual de vibrante. El olor de la comida casera inundaba el callejón por donde subía del cole todos los días., los platos pasando rápido, las risas y las conversaciones que llenaban el comedor. Aunque siempre estaban ocupados, sentía el calor de hogar y el cariño. Cada mañana, caminaba sola al colegio, no había lugar para el miedo.
Esa libertad, esa conexión con la tierra, moldeó quién soy hoy. En este pueblo aprendí a ser valiente, a encontrar mi propio camino y, sobre todo, a valorar La libertad. Volver y criar a mi hijo, trabajar en nuestro proyecto es volver a sentir todo esto.
Cuando llegó el momento de marcharme del pueblo en mi adolescencia, lo hice con el corazón dividido. Por un lado, estaba el lugar que había sido mi hogar, la libertad de perderme entre los caminos que conocía de memoria. Pero por otro, había un deseo que crecía dentro de mí, una necesidad de encontrar mucho más allá. A medida que fui creciendo, empecé a sentir una especie de soledad que nada tenía que ver con la falta de compañía, sino con la falta de personas que compartieran mis inquietudes. Empecé a añorar la posibilidad de conocer gente que sintiera el mundo de la misma manera que yo, que cuestionara, que explorara.
Quería absorberlo todo: aprender, estudiar, empaparme de experiencias que sentía que no llegaban hasta el pueblo. Los viajes por diferentes países y la ciudad me ofreció justo lo que buscaba. Empecé a estudiar, a devorar libros, a conocer nuevas formas de pensar, de vivir. Había tanto por aprender y yo quería absorberlo todo. Era como si de repente el mundo se abriese ante mí con todas sus capas, y yo estuviera ahí, lista para descubrirlo. Trabajé en teatros… siempre rodeada de gente, siempre con la sensación de estar donde debía estar.
Y pasaron 12 años así en esa vorágine….
El cambio de vida:
De la ciudad al pueblo Hace poco más de una década, en total 12 años decidí dar el gran salto: dejar atrás la vida de la ciudad y volver a mi pueblo. Con 31años tome una de esas decisiones que cambian la vida, impulsada por una mezcla de intuición, cansancio y ganas de vivir de una manera diferente. Si alguna vez has sentido que la ciudad te consume, que siempre hay prisa y nunca tiempo, quizás puedas entender lo que me trajo de vuelta. El contraste con la ciudad es evidente, pero no sólo por el sonido de los pájaros, sino porque todo lo que antes veía en mi adolescencia como un «freno» en el pueblo ahora me parece un regalo.
Vivir en este enclave no significa renunciar a los servicios. Hay todo lo que necesitamos: colegio, centro de salud, fisio, tiendas locales, telecentro, buena conexión a internet, bancos, pero lo que realmente destaca es la comunidad. En la ciudad, a pesar de la multitud, muchas veces te sientes sola. Aquí, los vecinos te saludan por la calle, y hay una sensación de pertenencia que nunca llegué a sentir en el asfalto. Este lugar no es perfecto. Pero lo que le falta, no lo veo como carencia, sino como oportunidad.
En un pueblo, siempre hay espacio para crear, construir y aportar. Me he sumergido en un proyecto que tiene vida propia. Un proyecto que busca revitalizar la vida rural creamos viviendas comunitarias en el corazón del pueblo, donde las personas puedan vivir de manera sostenible y en contacto con la naturaleza. Este proyecto esta consiguiendo atraer personas que aman los pueblos a vivir aquí, y quedarse. Junto a nuestra granja ecológica, disfrutamos de los huertos comunitarios, un gallinero compartido y la oportunidad de participar en talleres sobre agricultura sostenible y autosuficiencia, vida en comunidad.
Aquí, cada esfuerzo cuenta, cada idea tiene peso, y la creatividad puede sumar al lugar aportando vida. Ser madre aquí también ha sido una transformación. He podido ofrecerle a mi hijo algo que yo tuve: una infancia libre, en contacto con la naturaleza y con una comunidad real que cuida de el. Pero también me he dado cuenta de la importancia de seguir siendo yo misma, de seguir construyendo mis propios espacios, porque el pueblo, con todo lo bueno que tiene, también puede ser tradicional y, a veces, rígido. Ser feminista aquí no es fácil, pero es más necesario que nunca. En estos lugares, hace falta visibilizar, hacer escuchar nuestras voces y cuestionar roles que muchas veces se dan por sentados. Así que sí, fue un cambio radical. A veces recuerdo la ciudad: museos, conciertos, teatro y esa sensación de anonimato que te permite pasar desapercibida.
Pero, la verdad, aquí he encontrado algo mucho más profundo. He encontrado tiempo, arraigo, espacio para soñar, una comunidad que, aunque pequeña, me hace sentir parte de algo más grande, y sobre todo, he encontrado un lugar donde aún queda mucho por hacer.
Si alguna vez te has planteado dar este paso, créeme, el pueblo te devolverá lo que la ciudad te quitó: la capacidad de construir tu propio lugar en el mundo, eso si, aquí no hay nada regalado: todo se construye con esfuerzo, conocimientos, ilusión, energía, comunidad y mucho amor.

